«Los trenes son maravillosos, me encantan. Viajar en tren es contemplar la naturaleza y encontrarse con seres humanos, ciudades, iglesias y ríos; es decir, con la vida misma.»
Agatha Christie, Autobiografía (1977)
Viajar en tren tiene algo especial. Durante el trayecto compartimos espacio con desconocidos, miramos por la ventanilla, vemos pasar estaciones y paisajes y, casi sin darnos cuenta, observamos a quienes viajan a nuestro alrededor. Algunos bajarán antes que nosotros; otros seguirán hasta el final. La posibilidad de volver a encontrarnos con esos compañeros de viaje es remota, pero durante un rato se crea con ellos una intimidad extraña: gestos, conversaciones, silencios y pequeños detalles que quizá olvidemos al terminar el viaje.
Para un escritor de misterio, semejante escenario resulta muy tentador. Patricia Highsmith hizo nacer Extraños en un tren (1950) de un encuentro fortuito entre dos desconocidos. Décadas después, Paula Hawkins convirtió una mirada desde la ventanilla en el punto de partida de La chica del tren (2015). Agatha Christie también supo ver todas las posibilidades del ferrocarril. Tenía, además, una ventaja añadida. Viajar en tren le fascinaba de verdad.
Un escenario que se mueve

Una casa de campo puede aislar a los sospechosos. También un hotel o un barco. El tren, sin embargo, añade algo distinto. Está en movimiento y su recorrido impone tiempos, paradas y lugares concretos.
Eso permite jugar con el tiempo de una manera extraordinariamente precisa. Hay salidas y llegadas, paradas de pocos minutos, compartimentos, pasillos y estaciones en las que alguien puede subir, bajar o cambiar de vagón. Cada movimiento cuenta. Importa quién estaba allí, quién pudo cruzarse con quién y en qué momento alguien desapareció de escena.
Desconocidos en el mismo compartimento

Muy pronto la autora empezó a explotar esa circunstancia. Asesinato en el campo de golf, publicado en 1923, arranca precisamente en un tren. Hastings regresa de París en el expreso de Calais y comparte compartimento con una joven a la que observa, juzga y trata de descifrar antes siquiera de saber quién es.
Todavía no ha aparecido ningún cadáver. Tampoco hace falta. El tren ya ha hecho su trabajo. Ha sentado frente a frente a dos personas que probablemente nunca se habrían conocido. Ahí reside una de sus mejores posibilidades para el misterio. Durante unas horas, una heredera, un militar, una anciana aparentemente inofensiva o alguien cuya historia quizá sea completamente inventada pueden coincidir en el mismo vagón.
El crimen sube al tren

Muy pronto, el tren dejó de ser únicamente el lugar donde coincidían los personajes. En El Expreso de Plymouth (1923), uno de los primeros relatos de Poirot, el propio trayecto ferroviario pasa a formar parte del enigma. No voy a entrar aquí en cómo funciona porque merece su propio recorrido más adelante, pero ya aparecen varios elementos que luego serán recurrentes: equipajes, estaciones, tiempos de viaje y pasajeros cuyo movimiento importa tanto como sus palabras.
Pocos años después, El misterio del tren azul (1928) llevaría el ferrocarril al propio título de la novela y convertiría el viaje rumbo a la Riviera en parte esencial de la historia. El tren ya no actúa simplemente como escenario. Su recorrido, sus compartimentos y la vida que se desarrolla a bordo quedan integrados en la propia arquitectura del misterio.
Dos trenes que se cruzan

Lo más interesante es que nunca se conformó con repetir la misma fórmula. En El tren de las 4:50 (1957), Mrs McGillicuddy contempla desde su ventanilla otro tren que circula momentáneamente en paralelo. Durante unos segundos puede ver el interior de uno de sus vagones y presencia lo que parece un asesinato.
La idea es magnífica porque ya ni siquiera hace falta encerrar al testigo y al asesino en el mismo convoy. Bastan dos trenes que coinciden durante unos instantes. El movimiento, que podría parecer un obstáculo, se convierte precisamente en la condición que hace posible el misterio.
Un mundo que conocía desde dentro

Agatha Christie junto a un vagón de tren en Sudáfrica, 1922. Fotografía coloreada. Fuente: The Christie Archive Trust / British Library.
Nada de esto le resultaba ajeno. En su Autobiografía (1977), Christie recuerda hasta qué punto le fascinaban los trenes y, en especial, el Orient Express. Cuando en 1928 descubrió que podía utilizarlo para viajar hacia Oriente Medio, modificó sus planes casi de inmediato. «Toda mi vida había soñado con viajar en ese tren», escribió.
Años después, en Ven y dime cómo vives (1946), todavía se refiere a él como su «tren predilecto». Pero aquí conviene dejarlo pasar sin detenernos demasiado. El Orient Express ya ha recorrido bastante camino en Universo Agatha y, sin duda, volverá a hacerlo.
John Curran muestra en Los cuadernos secretos (2009) que la elección de escenarios no era casual. En una de las anotaciones de la autora aparecen categorías como «Hoteles», «Vida privada (campo)», «Viajes» y también «Trenes y aviones». El ferrocarril ocupaba, por tanto, un lugar propio entre esos espacios capaces de convertirse en materia narrativa.
Agatha Christie decía que viajar en tren era encontrarse «con la vida misma». En sus novelas, eso tenía un pequeño inconveniente. No todos los pasajeros llegaban al final del trayecto…
¿Cuál es tu misterio favorito de Agatha Christie ambientado en un tren? ¿Qué otra novela relacionada con los trenes recomendarías?
Te leo en los comentarios.
Nuria – Universo Agatha



Excelente aportación para conocer y entender mejor el universo de Agatha Christie.
Muchas gracias, María. Me alegra mucho que el artículo te haya resultado útil para seguir descubriendo el universo de Agatha Christie.
¡Hola Nuria!
Ahora con ticket en mano, en el convoy de «El universo de Agatha», con destino desconocido… la cual estoy aún leyendo.
Que belleza el artículo y el viajar en tren.
Es fácil aficionarse a éste transporte y disfrutar de las variadas experiencias que ofrece. Las comodidades y velocidades han cambiado. Lo mismo que la convivencia con el personal y pasajeros.
Agatha disfrutó de una etapa de esplendor y folklore sobre sus vías.
Recurre con frecuencia a sus espacios, para apear y pasear a culpables e inocentes.
Excéntricos grupos de pasajeros e intrigas emocionantes nos regalaron en varios de los títulos que mencionas.
También en: Destino desconocido, Matar es fácil, Un crimen dormido, El misterio de la guía de ferrocarriles, .
De las que recuerdo, aunque es consistente la mención de las estaciones de tren, sus horarios y destinos.
De otros autores algo más reciente es; el viaje desde el andén nueve y tres cuartos (Harry Potter y la piedra filosofal,de J.K. Rowling), la famosa canción: «El último tren a Londres».
Después del agradable recorrido.
Llegando a mi estación, me queda, agradecer la oportunidad de participar.
¡Hola, Juan David!
Qué bonito has llevado el propio artículo al terreno del viaje. Me ha encantado ese billete en mano, el destino desconocido y la llegada final a la estación.
Y has hecho muy bien al ampliar el recorrido con otros títulos en los que aparecen trenes, estaciones, horarios y trayectos. Precisamente una de las cosas que más sorprende al mirar la obra de Christie en conjunto es comprobar hasta qué punto el ferrocarril forma parte de su imaginario. Y para los que nos gustan los trenes, el viaje lo disfrutamos mucho más.
Gracias, como siempre, por leer con tanta atención y por enriquecer el artículo con tus propias asociaciones… ¡Un lujazo!