Hace unos días, Universo Agatha cumplió su primer año.

Durante este tiempo, he escrito sobre Agatha Christie desde muchos ángulos: sus novelas, sus personajes, sus escenarios, su forma de entender el misterio… Siempre desde la curiosidad y el placer de leer.

Hoy, con tu permiso, me voy a permitir una pequeña licencia. Para celebrar este primer aniversario, he escrito un relato.

Es una excepción dentro del blog. No es un análisis ni un artículo como los habituales, sino una forma distinta de acercarme a una de esas historias que siempre quedan en los márgenes.

No tiene más pretensión que esa. Bueno, también la de compartirlo contigo.

Si esto se sale un poco de lo habitual, confío en que me lo disculpes.

Nuria Parra

Nota: Teresa Neele es el nombre que Agatha utilizó durante su desaparición en diciembre de 1926. Adoptó el apellido de la amante de su marido en el hotel hidropático de Harrogate (un balneario muy popular en aquella época).

Teresa Neele

12 de enero de 1976

La radio de la cocina interrumpe la música y mis manos quedan suspendidas sobre la masa del pan. El locutor dice que ha muerto en su casa de Wallingford, a los ochenta y cinco años, y que es la mujer más leída del mundo.

Manos de mujer mayor amasando pan en una cocina cálida con una radio antigua encendida

La noticia me sacude por dentro. Vuelve un recuerdo que creía enterrado. A trozos.
En los hoteles se ven muchas cosas, y algunas es mejor no contarlas.
Esa fue la primera lección que aprendí a los diecinueve años, cuando entré como camarera de planta en el Swan Hydropathic de Harrogate.

Diciembre de 1926

El invierno en Yorkshire no da tregua. El frío se pega a la piel y el aire corta la cara al salir a la calle, aunque dentro del hotel siempre hay luz, calor y música.

Los huéspedes llenan el salón de lectura y el comedor. El trabajo se acumula. Subo y bajo escaleras con agua caliente y sábanas limpias. En esta época del año no hay descanso.

En mi planta, la 103 lleva dos días ocupada por una mujer que viaja sola. Firma como Teresa Neele, de Ciudad del Cabo.

No es la única huésped que llega sin compañía, pero hay algo en ella que me llama la atención: apenas da trabajo, no deja nada fuera de lugar, entra y sale sin hacerse notar. Y aun así, no pasa desapercibida.

Llamo dos veces antes de entrar.

—Adelante.

Su voz llega desde dentro, clara, tranquila.

Está junto a la ventana, de espaldas, con el periódico abierto entre las manos. No se vuelve enseguida. Termina de leer una línea antes de doblarlo y dejarlo sobre la mesa.

Mujer de espaldas leyendo un periódico junto a la ventana en una habitación de hotel de los años 20, con una fotografía vuelta hacia la pared

—¿Quiere que deje el agua aquí?
—Sí, gracias.

Entonces se vuelve y me mira apenas un segundo.

La habitación está en orden. La cama ya hecha, la maleta cerrada, la ropa colgada en el armario y, sobre la silla, un vestido bien doblado. Todo está en su sitio.

Sobre la mesilla hay una fotografía, vuelta hacia la pared.

12 de enero de 1976

La música vuelve a la radio. La masa se me queda a medio hacer sobre la mesa.

Mujer de espaldas con vestido rojo observando una pista de baile en un salón elegante de los años 20

Han pasado muchos años. No he vuelto a pensar en ella. Hasta ahora.
Regresan el salón de baile, la orquesta y las mesas ocupadas hasta tarde, y ella entre la gente.

Diciembre de 1926

Al terminar mi turno, me detengo cada noche en la puerta del salón y me apoyo un instante en el marco para observar a los huéspedes. A esa hora, todo es música y conversación.

La señora Neele está sentada junto a la pista, con una copa delante, hablando con una pareja que no conozco. Se inclina lo justo para escuchar y sonríe.

La orquesta cambia de ritmo y suena un charlestón. Sin dudarlo, se levanta con gracia. Baila bien, ligera y precisa, como si hubiera estado esperando ese momento. Algunos la miran. Ella no parece darse cuenta.

La música termina entre aplausos.

Agatha Christie jugando a las cartas con otros huéspedes en un elegante salón de hotel, con baile y música de fondo en un ambiente de los años veinte

Se aparta de la pista con calma. Cruza el salón.

Un matrimonio mayor y una mujer de mediana edad la esperan para empezar una partida de bridge. El tapete verde ya está dispuesto sobre la mesa. Se sienta, toma la baraja, la corta con cuidado y empieza a repartir.

12 de enero de 1976

Cocina antigua con mujer amasando sobre mesa de madera y radio vintage encendida

La masa ya no me sirve. La aparto.

En la radio hablan de ella. Dicen su nombre completo: Agatha Christie Mallowan. Mencionan a su marido, el arqueólogo.

Sigo inmóvil, con las manos sobre la mesa. No sé si empezar de nuevo.

Diciembre de 1926

Entro por la mañana a hacer la habitación. La señora Neele no está.

Abro la ventana y el aire frío entra de golpe mientras estiro las sábanas, aliso la colcha y coloco la jofaina en su sitio. Todo parece en orden. O eso creo al principio.

Sobre la cama hay un periódico doblado. Es un Daily Mirror de hace unos días. El titular dice: “El misterio de la desaparición de una novelista.” Ya lo he oído en el comedor, entre platos y voces.
Debajo, cuatro fotografías ocupan la portada.
Lo aparto y sigo.

Periódico Daily Mirror sobre una cama de hotel con la noticia de la desaparición de una novelista, junto a una fotografía de una niña en la mesilla

Mientras paso el paño por la mesilla, mis ojos vuelven al periódico y se detienen en la cara de la mujer con la niña, un segundo más de lo necesario.

Al alzar la vista, veo que la fotografía de la mesilla ya no mira hacia la pared. La cojo. La acerco a la luz. Es la misma niña del periódico.

Pongo la fotografía en su sitio. Doblo el periódico y lo dejo de nuevo sobre la cama. No toco nada más.

12 de enero de 1976

En la radio dicen que nunca explicó lo ocurrido en Harrogate. Que el misterio se ha ido con ella.

Apago el horno. La cocina queda en silencio.

Cocina inglesa cálida y tradicional con mesa de madera, radio antiguo y luz de atardecer entrando por la ventana

En los hoteles se ven muchas cosas. Algunas es mejor no contarlas.

14 de diciembre de 1926

El vestíbulo ya no es el mismo.

Lo han dicho en la cocina. Anoche un músico la reconoció. Luego llegaron las llamadas. Y las puertas, que antes se cerraban con discreción, ahora quedan entreabiertas.

Desde fuera sube un murmullo constante. La entrada está tomada por gente que habla en voz baja, mientras la policía contiene a los periodistas que insisten, que empujan, que preguntan sin obtener respuestas.

Dentro, solo el personal del hotel, agentes de policía y un médico.
Me quedo en el rellano del primer piso.

Agatha Christie desciende la escalera del hotel mientras su marido la espera en el vestíbulo, con la policía y la prensa al fondo y una camarera observando desde el rellano.

El señor Christie está abajo, inmóvil, con la mirada fija en la escalera.

Entonces aparece. No busca a nadie. Baja despacio. Un paso, luego otro.
Cuando llega al final de la escalera, él avanza apenas un paso.

—Agatha.

Lo mira, como si no lo hubiera visto nunca.

Niega suavemente con la cabeza.

Nadie dice nada.

Él no se acerca. Ella se detiene un momento en el último peldaño. La distancia entre los dos es mínima, pero suficiente.

Durante un segundo parece que él va a alargar la mano. No lo hace.
Ella sostiene la mirada apenas un instante más. Luego continúa.

Pasa a su lado. Sin tocarlo. Sin volver a mirarlo.

Y entonces, con todo el ruido retenido al otro lado de la puerta, el vestíbulo queda en silencio.

8 comentarios
    • Nuria
      Nuria Dice:

      Hola, Susanne.
      Me alegra mucho que te haya gustado. Gracias a ti por leerlo y por dejar tu comentario. Espero leerte pronto por aquí.

      Responder
  1. Rosana Mighetti
    Rosana Mighetti Dice:

    Felicidades y gracias por éste año maravilloso de historias, analizadas adorablemente por alguien que no conozco, pero que nos une el mismo amor y respeto por una escritora maravillosa

    Responder
    • Nuria
      Nuria Dice:

      Muchas gracias, querida Rosana.
      Me hace especial ilusión leerte, de verdad. Al final, es eso lo que sostiene todo esto: el gusto compartido por Agatha Christie y el placer de volver a sus historias una y otra vez.
      Un abrazo.

      Responder
  2. Mercedes Hernando Pastor
    Mercedes Hernando Pastor Dice:

    La Señora Christie, La Señora Neele, La Señora Mallowan, y siempre la Señora Miller. Todas eran Agatha. Enhorabuena por su relato, Nuria, y por el cumpleaños de su Blog! Más relatos sobre Agatha 👏👏👏

    Responder
    • Nuria
      Nuria Dice:

      Muchas gracias, Mercedes.
      Me ha encantado cómo lo has expresado. Todos esos nombres y, al final, siempre la misma Agatha.
      Y gracias también por animarme con los relatos… ¡tomo nota!

      Responder
  3. Juan David Copca Contreras
    Juan David Copca Contreras Dice:

    ¡ Hola Nuria !
    ¡Felicidades por el primero de muchos aniversarios!
    Celebro el ingenio y el acierto de este relato,(¡Felicidades, también!) donde comulgo con él desde: el nombre; el personaje de la camarera; la cronología; y el desarrollo de los eventos con un cierre sutil (como le gusta a «Socks Daventry»).
    ¡Admiración y respeto por tu bello universo de Agatha, espero que continúe y siga creciendo!
    ¡Gracias por la oportunidad de participar!

    Responder
    • Nuria
      Nuria Dice:

      ¡Hola, Juan David!
      Muchísimas gracias por tu comentario… y por estar ahí desde el principio. Fuiste de los primeros en participar en el blog, y eso es algo que valoro muchísimo.

      Me alegra especialmente que hayas conectado con el relato en esos puntos: el nombre, la camarera, la cronología… y ese cierre contenido que, como bien dices, tan bien encajaría con alguien como Socks Daventry.

      Mil gracias, de verdad, por tu generosidad y por acompañar este proyecto cada semana.

      Responder

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🇬🇧 Read this in English

Scroll down and enjoy the ride…

A few days ago, this blog celebrated its first anniversary.

During this time, I’ve written about Agatha Christie from many different angles: her novels, her characters, her settings, her way of understanding mystery… always driven by curiosity and the pleasure of reading.

Today, with your permission, I’m going to take a small liberty. To celebrate this first anniversary, I’ve written a short story.
It’s an exception within the blog. It’s not an analysis or a typical article, but a different way of approaching one of those stories that always remain on the margins.

It has no greater ambition than that. Well, perhaps also to share it with you.
If this strays a little from the usual, I hope you’ll forgive me.

Nuria Parra

Note: Teresa Neele is the name Agatha used during her disappearance in December 1926. She adopted the surname of her husband’s lover while staying at the Hydropathic Hotel in Harrogate (a very popular spa at the time).

Teresa Neele

12 January 1976

The kitchen radio cuts through the music and my hands hang suspended over the bread dough. The announcer says she has died at her home in Wallingford, at the age of eighty-five, and that she is the most widely read woman in the world.

The news unsettles me. A memory I thought buried returns. In fragments.
In hotels, you see many things, and some are best left unspoken.
That was the first lesson I learned at nineteen, when I started as a chambermaid at the Swan Hydropathic in Harrogate.

December 1926

Winter in Yorkshire shows no mercy. The cold clings to the skin and the air cuts your face when you step outside, though inside the hotel there is always light, warmth and music.

Guests fill the reading room and the dining room. The work piles up. I go up and down the stairs with hot water and clean sheets. At this time of year, there is no rest.

On my floor, room 103 has been occupied for two days by a woman travelling alone. She signs in as Teresa Neele, from Cape Town.

She is not the only guest to arrive unaccompanied, but there is something about her that draws my attention: she gives very little trouble, leaves nothing out of place, comes and goes without being noticed. And yet she does not go unnoticed.

I knock twice before going in.

—Come in.

Her voice comes from inside, clear, calm.

She is standing by the window, her back to me, the newspaper open in her hands. She does not turn at once. She finishes reading a line before folding it and setting it down on the table.

—Shall I leave the water here?
—Yes, thank you.

Then she turns and looks at me for barely a second.

The room is in order. The bed already made, the suitcase closed, the clothes hanging in the wardrobe and, on the chair, a neatly folded dress. Everything is in its place.

On the bedside table there is a photograph, turned towards the wall.

12 January 1976

The music returns to the radio. The dough sits unfinished on the table.

Many years have passed. I have not thought of her again. Until now.
The ballroom returns, the orchestra, the tables filled late into the evening, and her among the people.

December 1926

At the end of my shift, I stop each evening in the doorway of the ballroom and lean for a moment against the frame to watch the guests. At that hour, everything is music and conversation.

Mrs Neele sits by the dance floor, a drink in front of her, talking to a couple I do not know. She leans just enough to listen and smiles.

The orchestra changes rhythm and a Charleston begins. Without hesitation, she rises with grace. She dances well, light and precise, as though she had been waiting for that moment. Some watch her. She does not seem to notice.

The music ends in applause.

She steps away from the dance floor and crosses the room.

An elderly couple and a middle-aged woman are waiting for her to begin a game of bridge. The green baize is already laid out on the table. She sits, takes the pack of cards, cuts them carefully and begins to deal.

12 January 1976

The dough is no longer of any use. I set it aside.

On the radio they speak about her. They give her full name: Agatha Christie Mallowan. They mention her husband, the archaeologist.

I remain still, my hands resting on the table. I do not know whether to begin again.

December 1926

I go in the morning to do the room. Mrs Neele is not there.

I open the window and the cold air rushes in while I straighten the sheets, smooth the bedspread and set the washbasin back in its place. Everything seems in order. Or so I think at first.

On the bed there is a folded newspaper. It is a Daily Mirror from a few days before. The headline reads: “The mystery of a novelist’s disappearance.” I have already heard it in the dining room, between plates and voices.
Below, four photographs occupy the front page.
I set it aside and carry on.

As I wipe the bedside table, my eyes return to the newspaper and settle on the image of the woman with the child, for a second longer than necessary.

When I lift my gaze, I see that the photograph on the bedside table is no longer turned towards the wall. I pick it up and hold it to the light. It is the same child as in the newspaper.

I put the photograph back in its place. I fold the newspaper and leave it again on the bed. I touch nothing else.

12 January 1976

On the radio they say she never explained what happened in Harrogate. That the mystery has gone with her.

I switch off the oven. The kitchen falls silent.

In hotels, you see many things. Some are best left unspoken.

14 December 1926

The lobby is no longer the same.

They have been saying it in the kitchen. Last night a musician recognised her. Then came the calls. And the doors, which used to close discreetly, are now left ajar.

From outside, a constant murmur rises. The entrance is crowded with people speaking in low voices, while the police hold back the journalists who press forward, who push, who ask questions and get no answer.

Inside, only the hotel staff, police officers and a doctor remain.
I stand on the landing of the first floor.

Mr Christie is below, motionless, his gaze fixed on the staircase.

Then she appears. She looks for no one. She comes down slowly. One step, then another.
When she reaches the bottom of the stairs, he moves forward a single step.

—Agatha.

She looks at him as if she had never seen him before.
She shakes her head gently.

No one says a word.

He does not move closer. She pauses for a moment on the last step. The distance between them is slight, but enough.

For a second it seems he is about to reach out his hand. He does not.
She holds his gaze for barely another instant. Then she moves on.

She passes him without touching him, without looking back.

And then, with all the noise held back on the other side of the door, the lobby falls silent.