Tras su llegada a Bagdad en 1928, Agatha Christie no tardó en descubrir que Oriente Medio le reservaba un destino inesperado. Una invitación de Katharine Woolley, esposa del célebre arqueólogo Leonard Woolley, la llevó hasta Ur, una de las ciudades más antiguas y legendarias de Mesopotamia. Allí, entre arenas y ruinas, la escritora hallaría una nueva pasión que transformaría su vida: la arqueología.

Un yacimiento en auge

En los años 20, Ur se había convertido en un lugar de referencia para el mundo académico y para el público europeo. Tras el descubrimiento de la tumba de Tutankamón en 1922, la arqueología vivía un auténtico “boom”: periódicos y revistas ilustraban cada hallazgo, y Oriente Medio aparecía en el imaginario occidental como un espacio de misterio y aventura.

Estandarte de Ur, cara de la guerra, con escenas de carros, soldados y prisioneros.

Estandarte de Ur, cara de la guerra (c. 2600–2400 a.C.). Escenas de combate y prisioneros en tres registros.

Bajo el mandato británico (1920-1932), Irak abría sus puertas a estas expediciones. Los Woolley dirigían las excavaciones en Ur, donde salieron a la luz las célebres tumbas reales sumerias con hallazgos deslumbrantes, como el Estandarte de Ur —un mosaico en miniatura que narra escenas de guerra y paz— o las joyas de oro y piedras preciosas que acompañaban a las reinas enterradas. Aquellos objetos milenarios fascinaban a los expertos y capturaban la imaginación del público europeo. Para Agatha, que llegaba como simple visitante, aquello era entrar en contacto directo con la historia más remota de la humanidad.

Estandarte de Ur, cara de la paz, con banquete real, músicos y ofrendas.

Estandarte de Ur, cara de la paz (c. 2600–2400 a.C.). Escenas de banquete y vida cortesana en tres registros.